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The blocksize war (prólogo extendido)

Línea de Tiempo de Blocksize War de la editorial Prometea ilustrada a mano por @Biancabtcart

Tiempo de lectura aprox: 7 minutos, 46 segundos

El contexto

Los hechos narrados en esta obra describen un periodo decisivo en la todavía corta historia de Bitcoin. Bajo la apariencia de una discusión circunstancial y muy técnica sobre el tamaño máximo de los bloques que almacenan las transacciones, se disputaron apasionadamente durante dos largos años (2015-2017) cuestiones mucho más profundas sobre la gobernanza de Bitcoin, sobre su control político y, en definitiva, sobre su futuro. Hasta el punto de que no es exagerado decir que el resultado de esa disputa definió la forma en que percibimos Bitcoin a día de hoy. Su singularidad frente a cualquier otra de las miles de réplicas que surgieron en esos años —todas ellas carentes de valor pero prometiendo superarlo—, y también frente al «humo» de blockchain, se definió y se consolidó entonces. Pero no solo se definió la forma de percibirlo, lo más importante es que mantuvo su integridad y su esencia descentralizada y sin mando («rules without rulers») gracias a la labor titánica llevada a cabo por auténticos visionarios —los llamados small blockers— que se mantuvieron firmes.

La mayoría de atributos que hacen a Bitcoin único y que hoy damos por supuestos se pusieron en juego entonces. Tardarían años en comprenderse bien y en consolidarse. Bitcoin es siempre el mismo, pero la percepción sobre él ha ido evolucionando. Hemos ido aprendiendo a entenderlo —y seguimos en ello. En 2015 primaba aún la indefinición en multitud de temas: ¿queríamos que Bitcoin fuese una startup ofreciendo novedades constantes que elevasen su atractivo y su precio? ¿que fuese ubicuo en comercios y competir con Visa en número de transacciones? ¿la blockchain era la solución universal a cualquier problema no monetario? ¿Había que tokenizar el mundo? ¿era una amenaza real la concentración de pools de minería y un posible ataque del 51 % de los mineros? El guirigay era considerable, con mucha gente haciendo FUD y queriendo sacar provecho rápidamente, era el caldo de cultivo ideal para que proliferasen charlatanes, oportunistas y estafadores. Y aparentemente tenían el camino libre: no había aún «maximalistas» —su embrión de hecho fueron los small blockers— que defendiesen la singularidad de Bitcoin. Visto en perspectiva, el periodo de conflicto, que pareció paralizarlo todo, nos permitió llegar a ser conscientes de lo que hacía a Bitcoin tan singular, que no era su código (que se podía clonar en un segundo), ni sus funcionalidades (no era una startup), ni menos su precio de compraventa, sino su carácter descentralizado e inmutable (no solo en sus registros, sino en sus reglas, que no pudieron ser manipuladas ni corrompidas). La disputa permitió también verificar empíricamente aspectos esenciales que hasta ese momento eran más bien teóricos, como por ejemplo el rol esencial de los nodos completos —algo para nada obvio hasta entonces— o el control que tenían los mineros sobre el protocolo —una percepción errónea que se daba por hecha. Y facilitó incluso a los impacientes escindirse y experimentar con «alternativas», permitiendo que Bitcoin siguiese su propio camino.

Sería un error pensar que, como se trata de hechos de hace más de un lustro —una eternidad en el espacio Bitcoin—, su interés es meramente histórico o anecdótico. Que es agua pasada. Al contrario, es difícil comprender de dónde provienen los postulados «maximalistas» (bitcoin-only) sin conocer lo que se dirimió en esos años (2015-2017). Es además un relato muy entretenido, por los giros de guión que fue dando la situación, por los extraordinarios personajes implicados, por lo apasionado que fue para todos y por desplegarse en ubicaciones físicas alrededor del mundo. Y, claro, por su final feliz para quienes defendíamos un Bitcoin íntegro y bajo control de los usuarios.

El desarrollo

Los big blockers se empeñaron en creer que la guerra era entre Bitcoin Core y los mineros. Con una visión vertical, creían que Bitcoin lo controlaba los desarrolladores de Bitcoin Core, que ejercían de «generales» de la tropa small blocker. Esa asunción fue uno de sus mayores errores: nunca quisieron asumir, ya que iba contra su narrativa, que nadie controla Bitcoin. Tampoco los small blockers. Recuerdo campañas despiadadas y conspiranoicas contra los desarrolladores de Core y contra cualquiera que los apoyase. Lo asombroso es que los small blockers derrotaron no solo esa narrativa, sino un intento tras otro por capturar Bitcoin, daba igual quién tomase el relevo (primero Gavin y Hearn, después Roger Ver y CSW, luego Bitmain y los mineros chinos y finalmente un consorcio de millonarios, oportunistas y grandes empresas…).

De inicio, los big blockers tenían todo a su favor, los principales influencers y el FUD (la supuesta urgencia para hacer un hardfork) funcionaba. ¿Qué razones explican entonces que los small blockers, contra todo pronóstico y teniéndolo todo en contra, ganasen esta batalla de forma tan arrolladora?

La primera razón fue su superior comprensión de Bitcoin. Los big blockers ignoraban no solo el funcionamiento de su protocolo, sino aspectos mucho más básicos, como el papel de los nodos completos o los efectos nefastos de un hardfork hostil. Los small blockers sabían que los usuarios (los nodos económicamente activos) eran los únicos que verificaban y hacían valer las reglas y por tanto son quienes controlaban Bitcoin en última instancia, al actualizar o no sus nodos. El poder no solo de validar las reglas sino de cambiarlas residía en los nodos, en los usuarios al fin y al cabo, algo que los big blockers creyeron que era mera propaganda y descubrieron amargamente que era cierto. Parece obvio ahora pero en absoluto lo era entonces a causa de la herencia de los primeros años, donde mineros y nodos eran lo mismo. Era de hecho algo contraintuitivo porque en 2015 casi todo el mundo pensaba que el poder residía en los mineros, en los developers o incluso en los grandes exchanges, no en el humilde usuario random con una gorra UASF y una Raspberry Pi con el que nadie contaba y menos se le pedía opinión. Esta ignorancia (o desprecio) por parte de los big blockers resultó fatal para ellos.

La segunda razón que explica la derrota de los big blockers fueron las torpezas, la impaciencia y los errores tácticos de bulto (mezcla de exceso de confianza, de líderes poco fiables y de su desinterés por saber cómo funcionaba Bitcoin realmente). Los small blockers sin embargo contaban con la ventaja de tener paciencia infinita, gracias a su baja preferencia temporal.

Y la tercera razón (y no menos importante) fue la resistencia inherente del propio Bitcoin frente a los cambios hostiles de las reglas del protocolo (fracasó un hardfork tras otro). Habría que añadir también que defender que el poder residía en los usuarios era a la larga más atractivo (y consecuente con la filosofía de Bitcoin) que reclamar confianza ciega, como exigían los big blockers, en ciertos personajes y empresas urgidos por una visión cortoplacista, oportunista y nada transparente.

Bitcoin bajo el control del usuario

La resolución del conflicto no fue solo una derrota sin paliativos de los big blockers sino, de alguna forma, una lección de gobernanza libertaria: al fracasar en su ataque, los big blockers decidieron segregarse y poner a prueba sus tesis con bcash. Ciertamente pudieron haberlo hecho desde el primer minuto, y ahorrarnos dos años largos de enfrentamientos, pero es que su agenda oculta no era segregarse, sino tomar el control de Bitcoin. Solo cuando, tras repetidos intentos, vieron que era imposible capturar Bitcoin, renunciaron con la esperanza de que su fork (bcash) acabase reemplazando en el mercado a Bitcoin. Todas y cada una de sus hipótesis resultaron fallidas pese a contar con mucha tracción inicial, con el 90% del poder minero y con millones de dólares respaldándolos. No solo los big blockers, sino todos aprendimos de forma empírica que cualquier cambio sin contar con los usuarios, es decir, cualquier fork hostil (da igual el método o la excusa) obtendrá como resultado una shitcoin. Sin proponérselo, lograron hacer a Bitcoin más resiliente y a los usuarios mucho más maduros y conscientes de la naturaleza de Bitcoin.

Hoy nadie defiende ya los grandes bloques en Bitcoin. Ni nadie está obsesionado con competir en número de transacciones por segundo. O en implementar tal o cual funcionalidad de la shitcoin de moda. Y esto se lo debemos a los small blockers, que se opusieron sin descanso a cambios oportunistas del protocolo y, sobre todo, ofrecieron alternativas de escalado consistentes y respetuosas con la integridad de Bitcoin (como SegWit). El lobby de big blockers se disolvió y fragmentó en forks y shitcoins sin valor: quedó probado empíricamente que sus propuestas, de haber tenido éxito, habrían conducido a la división de Bitcoin.

Pero los small blockers no solo lograron una victoria en lo que respecta al límite del tamaño de bloque, que hasta podríamos decir que era lo de menos, sino sobre todo en lo relativo a cómo cambiar las reglas del protocolo. Bitcoin no tenía líder ni a nadie detrás controlándolo, así que los big blockers se peleaban contra sombras: querían acabar —o sustituir— a una figura que no existía. Creían que su enemigo era Core o Blockstream, pero se equivocaban. Acabaron exhaustos de tanto luchar contra sombras. El descubrimiento de que eran los usuarios quienes tenían el control, fue la mayor lección de la guerra por el tamaño de bloque y lo que, definitivamente, demostró que Bitcoin era distinto a todo. Y que la soberanía financiera era algo efectivo, no un mero eslogan.

El futuro

El mensaje del libro sobre la batalla librada —incruenta, afortunadamente— sigue siendo muy importante para los actuales bitcoiners: nos enseñó a ser extremadamente cautelosos con los cambios. Bitcoin por supuesto puede mejorar y de hecho mejora constantemente, es software libre abierto a mejoras (BIPs), pero sus fundamentos esenciales —que requieren cambios incompatibles— tienden a ser inmutables. Se demostró también que Bitcoin es inmune a los acuerdos a puerta a cerrada, a los líderes o a imposiciones de arriba-abajo. Que los mineros solo aplican las reglas del protocolo, no las verifican ni mucho menos las alteran o las controlan. Que Bitcoin no es una startup ni pretende reemplazar a la red Visa o a Paypal en el alma de los comerciantes. Que Bitcoin es mucho más que eso, es nada menos que la herramienta más poderosa para la libertad económica personal jamás inventada. Y que no hay prisa alguna, una lección de los small blockers que Gregory Maxwell sintetizó mejor que nadie:

Debemos tener paciencia. Bitcoin es un sistema que debería durar para siempre y empoderar a la humanidad por mucho tiempo; dentro de diez años, un par de años de disputas no parecerán nada. Sin embargo, la reputación que nos ganemos por nuestra estabilidad e integridad, por ser un sistema monetario con el que la gente puede contar, lo supondrá todo.

Y sí, se ganó aquella batalla pero nada garantiza que en el futuro no puedan intentarse otros ataques con uno u otro pretexto, y que esta vez sea el establishment financiero o estatal con su poder mastodóntico quien trate de capturar —o domesticar— Bitcoin. El autor nos recuerda que la libertad y la soberanía individual del ciudadano de a pie nunca están garantizadas y se debe estar siempre alerta para defenderlas.

Sobre el autor

Entre las numerosas virtudes de esta obra se encuentra que el autor, Jonathan Bier, no fue un mero observador a posteriori, sino que asistió a algunos de los hechos narrados y conoció en persona a algunos de los principales protagonistas en las diferentes fases de la batalla, que parecía interminable, agotadora y que se prolongó varios años. Cualquiera que siguiera los hechos durante ese periodo sabe lo difícil que era orientarse, no digamos ya estar presente en las conferencias clave. Aunque no esconde sus preferencias, el autor se esfuerza por ser ecuánime y comprender las razones de cada bando, las múltiples causas y motivaciones de cada visión e incluso las debilidades humanas en el fragor de la batalla —como el orgullo, el oportunismo y la arrogancia—, algo que consigue y que hace la obra mucho más interesante y resistente al paso del tiempo.

Bier demuestra no solo conocer de primera mano los hechos sino un profundo conocimiento del protocolo de Bitcoin, de su historia, de sus personajes y hasta de sus aspectos económicos. Eso le permite dar una visión de conjunto que muy pocas personas podrían ofrecer y que convierte esta obra en una lectura excepcional para cualquiera interesado en Bitcoin. Y no solo para aquellos que se perdieron los hechos, sino incluso para quienes los vivimos más de cerca, ya que ofrece un relato coherente, ordenado y razonado. Bier reconstruye de forma exhaustiva pero muy accesible un rompecabezas de una complejidad extrema, lo que a mí me ha permitido no solo rememorar hechos que viví de forma fragmentaria, sino establecer una secuencia lógica y rellenar numerosas lagunas e incluso reflexionar sobre algunos errores (menores). En la mayor parte de los casos me alivia comprobar que supe orientarme relativamente bien, entendí lo que había en juego, señalicé UASF con mi nodo completo y, más allá de alguna precipitación, no tengo nada que lamentar. Lo cual no es poco, pues era fácil equivocarse ya que la propaganda del lobby big blocker —partidarios de aumentar el tamaño máximo de bloque incluso a costa de bifurcarlo— era abrumadora, agresiva y difícil de eludir.

La edición en español

Es una gran noticia la publicación en español de esta obra tan singular. Se trata de un recurso especialmente valioso para el lector hispanohablante porque, cuando esta batalla tuvo lugar, la comunidad bitcoiner hispana era todavía pequeña y no gozaba ni de lejos de tanta vitalidad como tiene ahora, así que los hechos pasaron relativamente inadvertidos por estos lares. Sí hubo cierto ruido big blocker —al que siguió el masivo humo de blockchain y la fiebre shitcoiner— hasta que fueron emergiendo cada vez más bitcoiners que comprendieron la singularidad de Bitcoin. Este libro permite al lector trazar una genealogía fiable de ello. Disfrute de un episodio fundamental en este trayecto hacia la libertad financiera que apenas comienza.